juntando lo que queda después

de la cosecha

 

festival rastrojero

de poesía

de ayacucho

Crónica: Mercedes Almirón 

Fotos: Lucrecia Ferrari 

El tercer Festival Rastrojero de Poesía se desarrolló el pasado 1 de febrero en la localidad bonaerense de Ayacucho, lugar donde, según se comenta, se puede ganar más plata que agua bendita. Sin embargo, la cosa no es tan fácil como parece. Una sola línea de micros llega a este rincón de muertos, atravesando arroyos desbordados y rutas holladas por los camiones pedreros del Tandil, una vez que cerraron los últimos ramales del Ferrocarril Roca. En micro, únicamente hay dos horarios por día (tanto de idea como de vuelta) y con lo que cuesta el pasaje es posible alimentar a una familia tipo durante dos días y dos noches con postre incluido.

Ya sábado, desde muy temprano el grupo de wasap registraba vibraciones de altísima intensidad. El Festival comienza a las 19 hs pero una hora antes el triciclo no llega: no hay paradero de la llave del portón del garaje de Darío, encargado de montar una instalación de Encomiendas. Sesenta cajas de distinto tamaño forradas con papel madera, atadas con hilo sisal y lacradas, cada una contiene la obra de un artista local, un dibujo, un libro, una foto, una escultura, una artesanía, un cd. Al final de la jornada quien quiera se lleva una encomienda de regalo. 18.40, aparece la llave perdida y se abre el garaje para sacar el triciclo que transportará las cajas secretas. Son las 19 hs. y Cipriano embala a la terminal, está haciendo su arribo el micro procedente de Capital, repleto de poetas que completan la nómina y alguien tiene que encaminarles hacia el club. Ahora sí, no falta nadie! El Festival Rastrojero arranca, aceleramos, brama el motorcito y queda regulando parejo.

El evento tuvo lugar en el rehabilitado Club Juventud Unida, vestigio de la época en que los clubes eran algo más que servicios de cantina con escudo. Queda ubicado justo enfrente al kiosco de doña Mabel, ricotera desde la primera hora. En el hall de entrada cacarean sobre enchapado las gallináceas de la pintora Vero Lara. Patio al fondo, sobre un escenario teatral derruido, bajo un arco monumental fagocitado por la hiedra, la artista plástica Silvia Pires Correia suelda una escultura autógena con hierro reciclado, semejante a un dios arrojando rayos azules hacia la vía láctea. Poetas que van desenfundando libros, tiemblan algunas rodillas, entran tres y salen tres.

La apertura, estuvo a cargo de tres integrantes de la organización: Lucrecia Ferrari, Mercedes Almirón y Martín Moureu. Este último, después de exponer la consigna propuesta en esta edición en torno al significado personal de la poesía, trazó un panorama de las representaciones asociadas al discurso poético en nuestra sociedad (la locura, los sueños utópicos, el influjo de las drogas, el amor, la expresión de los sentimientos) definiéndolas como formas de todo aquello que es inasible a la razón, supuestamente neutral, objetiva, aséptica, única, racional. Según su postura la poesía puede entenderse como una política discursiva de deconstrucción de las racionalidades hegemónicas, lo que la emparenta con los movimientos sociales y de género que toman la posta en la actualidad.

Luego fue el turno de Virginia Carenasi, con poemas cuidados pertenecientes a “Formas de ser el río”, de próxima aparición por Peces de Ciudad. En un poema anafórico, Gabriela Ríos unificó su ser con el universo circundante. A continuación, Darío Díaz, ensayó sobre su obra “Agapanto”, dedicada a una planta floreciente en el pago, cuyos pétalos como un Aleph psicodélico, revelan la trama oculta entre el África originaria, el hospitalario humus pampeano, la dupla Virgilio-Dante, la dislexia y la gesta vietnamita.

En la siguiente mesa, Sebastián Bianchi retomando la consigna inicial ,declamará su hit “De todas las criaturas que habitan en la tierra es el poeta el más miserable”, incluido en su libro “Lalamatic” (Caleta Oliva, 2019). Carlos Battilana, dijo “Fluido eléctrico” mientras era alcanzado por un resplandor de soldaduras. Fue, dicen, como transitar soñando un bosque boreal. Para cerrar la ronda, la ayacuchense Susana Campos, reivindicó la lucha de los pueblos originarios, rememorando a Eduardo Galeano.

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Mesa número cuatro: Cipriano sentado en cuclillas sobre el verde césped, empuñando un arco invisible e infalible asestará cánticos pseudo-budistas. Luego, José Cirelli con voz clara y contundente leyó un texto de un poeta español contemporáneo y otro de amor propio.

Párrafo aparte para Silvia Pailhe, que interpretó pasajes de su libro “La vida prima” apoyándose en material audiovisual compuesto y proyectado por su hijo, Luciano Cortesse, dando lugar a una atmosfera inmersiva que desafía la linealidad del tiempo, creando espacios de conexión íntima con especies extintas hace añares. ¡Por supuesto, meganeuras!

21.30, breve interludio musical con Mati Mano, siempre una sonrisa, musculosa y la piel desde el cuello hacia abajo pintada para siempre, nos regala un puñado de canciones que hablan de la tierra y del amor. El público pide otra, otra que sea con charango. Adentro Mei en la cocina se pierde todo, está a cuatro manos, vuelan las pizzetas veganas y los lomitos de seitán. En la barra Nico tira cerveza artesanal y latas de aluminio que compiten con los mates que no se detienen desde temprano, pese a los 35 grados.

Se reanudan las lecturas. Martina lee sin títular pero con un bolso mágico, grandiosas sus palabras que la convierten en lo que desea. Jacqui Casais nos dejará pensando en Mirta Legrand, el eco aún resuena por lo bajo dentro de nuestras cabezas. Carla Lo Gioco, de rizada y astral poesía enmarcada por una voz clara y delicada. Fede Llera nos hará confidentes de la suerte de su gata nombrada Gancia y de cómo va perdiendo seguidores, Ferro, el club de sus amores. “Hace dos fechas no viene el cocacolero,” denunció públicamente el vate porteño.

El cierre estelar estuvo a cargo de: Palito, que narró las viscitudes de enamorarse de una astronauta y de vivir con su abuela; Agustín Cabrera, polémico campeón del Slam serrano, que nos hizo desencajar la mandíbula con su performance; Melina Alexia, la de impronunciable apellido, poeta intensa, una voz que no deja nada por romper. Para compensar, selló el ciclo de lecturas, una voz que reconstituye, reúne piezas dispersas, la palabra que cura de Gabriela Clara Pignataro.

Así fueron transcurriendo lecturas al aire libre, charlas, recites, encuentros, cantes, filosofías, rezos, versos, reversos y versiones hasta que, a la Hora Cero, concluye el Festival, denominado Rastrojero, de Poesía en Ayacucho. Que tomen la palabra quienes tengan voz para cambiar el sentido de la realidad a través del lenguaje, con esa intención nació este Festival, en Ayacucho, patio de los callados, por efecto de la ausencia.