patricia ratto

La autora de Pequeños hombres blancos, Nudos, Trasfondo y Faunas (Adriana Hidalgo), responde nuestras preguntas a propósito de la publicación de Proceed with caution, libro que agrupa Trasfondo y una selección de cuentos.

 

PH: Marina Petersen 

¿A dónde crees que se remonta tu origen como escritora?

 

Nací un domingo de hace unos cuantos años. Ese mismo día mi padre le compró -a un vendedor de libros a domicilio muy conocido en esa época en Tandil- la colección de doce Diccionarios SALVAT enciclopédicos, la enciclopedia UNIVERSITAS completa, y un ATLAS gigante, que medía, de largo, unos cuantos centímetros más que yo.

Contrariamente a lo que hubiera preferido mi madre, que era muy ordenada y prolija, mi padre dejó a mi alcance toooda esa colección de libros. De modo que de muy chica, me tiraba de panza sobre una alfombra que mi abuela había tejido al crochet con retazos de lana, abría casi siempre los gordísimos tomos de la Salvat (que resultaron mis preferidos), ignoraba las palabras que aún no podía leer, pasaba de largo las fotos (casi todas en blanco y negro), localizaba los mapas, los abría, me quedaba viéndolos un buen rato y viajaba luego con mis dedos menudísimos por el hilo rojo de los caminos, las sinuosidades azules de los ríos, el amarillo desteñido de las mesetas, el marrón de los cerros, que con un esforzado despliegue de matices intentaba simular un cierto relieve frente a la chatura impuesta por la tiranía de las dos dimensiones.

Un día confisqué una radio vieja que, en mi casa, iban a tirar a la basura porque solo funcionaba sintonizando onda corta. Esa radio se sumó a la ceremonia de transitar los mapas de la SALVAT. Sintonizaba una emisora en un idioma que no entendía y, por puro capricho de nena fantasiosa, decidía que ese run run de palabras desconocidas eran las que mejor le cuadraban a ese país recién descubierto. Me detenía en puntos pequeños o más gordos o aquellos rodeados por un círculo, pueblos y ciudades cuyos nombres en letras diminutas todavía no sabía leer. E imaginaba a las personas que allí vivían, que me hablaban desde muy lejos pero a la vez desde tan cerca, voces que se agitaban y bullían, en un espacio ambiguo que conjugaba lo remoto con lo muy próximo de ese aquí justo debajo de las yemas de mis dedos.

Podría decir que esa es una escena inaugural, que está ahí el germen de la escritora que soy hoy. Persiste aún en mí, a la hora de hacer ficción, la necesidad de tener a disposición esa combinación de espacio más sonido, de territorio más lenguaje. Y además la certeza de que, aunque uno escriba en su propio idioma, la literatura se construye siempre en un lenguaje extranjero.

Mapas y una vieja radio que transmite en onda corta, eso está en el origen de mi escritura.

 

¿Cómo conjugas tu tarea de escritora con tu labor docente y la coordinación de talleres literarios? ¿Son roles que se complementan o presentan cierta incompatibilidad?

Yo trato, tú tratas, él y ella tratan de escribir y de sostenerse económicamente, cosas que no siempre coinciden, ni nosotros/as coincidimos, ni ustedes. A mí la escritura me florece en las fisuras del tiempo que tengo que dedicar a otras cosas. Mi abuela Ángela, que amaba las plantas y la lectura, me llevaba -siendo yo muy muy pequeña- de la mano por las calles de Tandil, y me hacía reparar en las cornisas de algunas casas de entre cuyos revoques agrietados surgían conejitos, una flor que ya poco se ve. Y era, ahora lo veo así, una convivencia, o una connivencia, entre un lugar algo deteriorado y esa imprevista belleza silvestre. La flor parecía allí algo impropio, inapropiado. Esa imagen puede venir muy bien para dar cuenta de cómo se conjugan, para mí, estas tareas cuya coexistencia a veces cruje hasta la fisura, pero sin fisura ni crujido no habría quizá flor.

 

¿Qué influencias reconocés en tu obra?

Uy, muchas, muchísimas. Y no sólo literarias, la lista sería muy larga y aburrida para quienes estén leyendo esta entrevista. Pero diré que no sólo me influye la literatura, sino también la pintura, el cine, los documentales, la publicidad, el horóscopo, los programas de chimentos, los videos de Youtube, las redes sociales. Todo tiene su lenguaje, su funcionamiento, su forma peculiar de mostrar y de decir. Y encuentro en eso un desafío: cómo poner en palabras eso que funciona con otro código. Si no hay desafío, no hay para mí deseo de escribir.

En una entrevista contás que comenzaste a escribir cuentos que nunca fueron publicados y que luego de tres novelas retomaste el género. ¿A qué sentís que se debe ese cambio?

Creo que aquellos cuentos fueron algo así como residuos que se convirtieron en compost para abonar el territorio en donde después crecieron mis textos siguientes. Aprendí cosas escribiéndolos pero no eran textos para publicar. Y luego vino la historia de Pequeños hombres blancos, que me pedía más extensión. A esa novela le siguió Nudos, un poco más extensa, aunque mis textos no han sido nunca de muchas páginas. Y finalmente Trasfondo, la historia sobre el submarino San Luis en Malvinas: una novela que linda con la nouvelle -cuyo texto relativamente corto me permitó sostener la intensidad de la escritura-, y que a su vez funciona como un cuento, en el sentido en que Piglia lo define: como un texto que narra dos historias: una anécdota y una historia secreta. El próximo paso fue justamente escribir cuentos: los de Faunas y algunos otros que vinieron después y han salido en revistas y diarios. Una transición gradual, un movimiento de expansión y luego de contracción, poblado siempre de desafíos y cosas para aprender y reformular. Como dijo alguna vez Flaubert: “Para cada cosa que escribo necesito aprender todo de nuevo”.

 

¿Cómo te vinculás con la poesía?

Leo mucha poesía, leo poesía todo el tiempo. Siento una enorme admiración por los y las poetas. He aprendido mucho de ellas y ellos. Y no sólo leyendo. Entre esos primeros cuentos malos que nunca publiqué y mi primera novela, viajé a Buenos Aires a tomar clases con Arturo Carrera. Y recuerdo volverme luego en el micro hacia Tandil con la cabeza hecha pedazos, como que me estallaba en miles de partículas que hacían una combustión tal que lo único que quería era llegar a mi casa para ponerme a leer todo lo que me recomendaba, y escribir. Yo digo siempre que él me enseñó a leer y escribir de otra manera, a ponerme en “estado de poesía”, a ser minuciosa, a sopesar cada palabra, a tener en cuenta el ritmo de una frase, el sonido, la contundencia de una elipsis, los acentos...

 

¿Qué estás leyendo en estos días?

Mucho, en mi casa hay libros por todas partes. Sobre un baúl antiguo que tengo como mesa de luz (porque las mesitas convencionales no me alcanzan para poner tantos, jajaja); debajo del televisor, sobre la mesada de la cocina, en el cajón de los cubiertos, en las bibliotecas (la del linving, la del escritorio), en una mesita que tengo en un pasillo… Voy leyendo siempre varias cosas a la vez. Ahora, estoy con “Apolo cupisnique”, un libro de poemas del peruano Mario Montalbetti; a lo que se agregó una conferencia suya y un par de entrevistas que descargué de internet; “Vértigo: la tentación de la identidad” un ensayo apasionante de Andrea Cavalletti; “La plaza del diamante” una novela de la escritora española Mercedes Rodoreda, que ha sido reditada hace poco pero alguien me prestó la edición original del 1962 y me recomendó leerla, así que en eso estoy. Y además estoy releyendo los sonetos de Shakespeare y “Shakespeare: La invención de lo humano” de Harold Bloom (tremendo libro de 700 páginas) porque este año voy a dar –junto a una directora de teatro y actriz tandilense- un Taller de Lectura sobre obras de este autor. Leo todo a la vez, parece un lío visto desde afuera, pero mi cabeza funciona como en distintos canales, y me gusta poner en diálogo -con esa simultaneidad un poco promiscua y descabellada- cosas que aparentemente no tienen nada que ver entre sí.

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En breve se publicará un nuevo libro en Estados Unidos. ¿Cómo es la experiencia de editar tu obra traducida?

 

Estoy fascinada con este proceso. Si bien ya había tenido la experiencia de dos libros traducidos al italiano, esa traducción no requirió demasiadas consultas, los idiomas se parecen bastante. Pero aquí la cosa ha sido bien diferente. He trabajado, en un intercambio interesantísimo, con Andrea Labinger, una traductora increíble, sutil y perfeccionista y he aprendido muchísimo en el intercambio. Además de otras cuestiones editoriales que hablan de la particularidad de los lectores y el mercado estadounidense. Como Trasfondo (Submerged para la edición en inglés) les parecía una novela muy corta para salir sola en un volumen, saldrá acompañada con varios cuentos. Parece que los lectores de EEUU no compran libros cortos. Se supone que lo más caro de un libro es la tapa, de modo que un libro de pocas páginas ofrece -para ellos- poca lectura a un alto precio. Algo muy curioso para los argentinos que tendemos a disfrutar de lo breve y compramos los libros sin pensar en su extensión.

Bueno, en principio el libro se iba a titular Submerged and other stories, pero como uno de los cuentos que estará en el libro se titula Proceed with caution (Proceda con precaución) al editor le pareció que ese era un mejor título para el libro. Según él mi escritura es inquietante y por momentos tan arrasadora como bella (no estoy presumiendo, lo dice él, jaja), así que el título funcionará a manera de advertencia para los lectores. Me pareció -más allá de los halagos de un editor que es un lector muy exigente- muy divertida la idea. Y tengo la sensación de que el libro resultante, con los cuentos seleccionados y la novela, y esa advertencia como título, serán leídos de manera muy diferente por los lectores estadounidenses. Como si fuera otro libro, bah. Algo que parece raro, pero en realidad no lo es: lo libros no son sólo lo que uno escribe, sino también la manera en que son reescritos en cada lectura. Como si hubiera andado por ahí el Pierre Menard de Borges haciendo de las suyas.

 

¿Tenés algún proyecto nuevo? ¿Podés adelantarnos algo?

Tengo un par de cosas en marcha. Escribo como leo, jaja, de manera un tanto caótica. Pero no me gusta hablar hasta que la obra no está muy avanzada. Suelo dejar muchos textos en el camino que nunca publico.