esquina peña

Lucía de Leone

Ediciones Arroyo

2020

Lima nos recibió

a toda la familia separada.

Honores para los intensivistas de la región y España.

Una fiesta completa:

escaleras, ascensores, conserjes, puertas

la parte de atrás del pasillo.

De pronto, las excursiones.

Váyanse con tu hermana con las otras familias.

Cuzco y Machu Pichu nos esperaban,

solas.

Con menos de una década de vida y una mochila amarilla

al cuidado de padres ajenos.

Mi hermana mas allá, entre mujeres, una mujer más.

Yo con la esposa y el hijo del jefe de los transplantes renales.

La Catedral,

el té de coca,

vómitos de apunamiento

descenso en tren,

paseos entre las ruinas incas.

Todo de la mano del chico

que me declaraba amor eterno

y no hubo besos

y se esfumó en esos días.

Antes no me habían dejado 

dormir con él en la misma pieza.

Su mamá, conmigo

su papá, con él.

La noche antes del volver

hubo cena de despedida.

En la cabecera, un chileno barbudo

poderoso,

no cedía la palabra.

Enana, yo, quedé en la otra cabecera.

Monólogo de quien luego sabría 

era el capo de la terapia intensiva chilena.

Enamorada, mudita, convaleciente hablé:

"pero si mi papá dice que Pinochet es un asesino hijo de puta".

Una mesa callada escondía mohines bajo las servilletas.

Ni idea qué pasó después.

En la capital con estado de sitio

(en las paredes se leía: "Patria mía: dame un presidente como Alan García")

me convertí en la hija comunista del doctor.

Nos trajimos de recuerdo gemas, inca cola,

alguna máscara y bacterias intestinales. 

 

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