PIEL DE MARIPOSA

Verónica González

Bulbo editorial

2020

Casita de naipes

 

Amanecer ciega

para volver a mirar

las luces que me nombran.

 

Reconocer el cielo

que acaricia mi espalda

y el aullido mortal,

que susurra en cuclillas

desde un laberinto

desesperado y terco

que me invita a jugar

donde me pierdo.

 

Reconocer la música

que no vacila

frente a mis pies descalzos.

 

Explotar de risa

y de amor,

para que mi casita

deje de ser de naipes

que caen ante el primer soplido,

del mínimo intento.

 

¿O será

que no hubo intentos,

sólo simulacros enredados

en mi propia oscuridad?

Faros

 

Agradecer

el último beso

el barco.

Los tambores

que conocí

la otra lengua que no hablé

y la forma de mirarme.

 

Hay amores que son focos

marquesinas en el ojo

mariposas pasto verde

Mapas para no perderte.

 

Una escollera

para un baile que aún existe

el trampolín

a la espera del gran salto.

 

Amores

que son brisa

barriletes en el campo

el brillo de la luna llena.

 

Habrá que saber mirar

lo esencial

y reconocer la luz

de las luciérnagas

en la sonrisa nueva,

siempre rodeada,

de las primeras veces.

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Poema sin trinchera

 

¿Dónde queda el resto de humanidad

que acaricia la voz descalza?

 

¿Dónde retumban los gritos

de los asesinados,

de los que mueren de amor,

de los olvidados?

 

¿Cómo pellizcar la indiferencia

de ternura,

y rescatar el amor de la desidia?

 

¿Cómo patear la zona de confort,

las apariencias que destruyen,

la verdad

que tambalea

por la cornisa de la duda?

 

¿Cómo me invento otra piel

si no hay capa que resista

ni anticuerpos que me salven

de este agujero,

por donde se cuela el frío

que decidió postergar

la primavera

para atropellar luciérnagas?