LA NOVELIZACIÓN DE LA INFANCIA. Algunas notas 

sobre EL NIÑO BOBO, de Diego Meret.

Diego Meret

Peces de ciudad ediciones

2018

Claudio Dobal


…creo que era Suchard, o Súchar, no recuerdo cómo se escribía.


El significado del título. Según el diccionario, “bobo” es un adjetivo que quiere decir que alguien es falto de entendimiento o de razón. También que alguien es sencillo y sincero: candoroso. “Niño”, según ese mismo diccionario, es una palabra que se refiere a alguien que tiene pocos años. Alguien, aclara también, que tiene poca experiencia. Entonces, hasta acá, si aceptamos lo que dice el título de este libro, se podría decir que EL NIÑO BOBO, de Diego Meret, nos va a hablar de eso: de una persona sencilla, sincera, de pocos años, y con poca experiencia. De una persona que, por tener todas esas características del diccionario, va a resultar falto de entendimiento y de razón.


No es necesario llegar hasta el final del libro para darse cuenta que esto no es así. Que en ese título hay un juego irónico con el lenguaje (que, tal vez, adelanta las apropiaciones de idiolectos que se van a dar en el relato). Porque si bien es cierto que en esta novela los personajes principales son niños (o casi), ninguno de ellos puede ser considerado como “bobo" en el sentido que planteamos en el párrafo anterior. Porque cada uno, a su manera, ya tuvo esas experiencias cruciales que los definieron y los constituyeron tal cual son. Y les dieron sus razones de ser. Y su ser no es sencillo. Y mucho menos candoroso.


El inicio del relato. EL NIÑO BOBO arranca casi como hace mucho tiempo arrancó la literatura argentina: con el ejercicio de la fuerza bruta sobre quien lleva, o parece llevar, la voz de las ideas. Ese es el comienzo de un relato que también, entre otras muchas cuestiones, va a discurrir sobre el tópico de la traición y va a pensar la cuestión del ocultamiento o del registro de la depresión. Pareciera, en cierto modo, que el texto de Diego Meret, ya desde su primera página, propone (tal vez sin que en una primera lectura se llegue a percibir del todo) una revisión de la tradición literaria realista argentina, y también de sus reescrituras.


Y digo revisión porque todos estos tópicos están reubicados, reescritos en clave de novela de aprendizaje, género tal vez difícil en estos tiempos donde parece que los niños nacen sabiendo. Pero Meret esquiva esos inconvenientes actuales, y temporaliza los sucesos en un pasado a esta altura remoto: EL NIÑO BOBO es un relato que se asienta en la presencia de LA escuela primaria obligatoria. De esa institución que se consideraba estatal y socialmente como el único espacio y tiempo para ofrecerles a los y las niñas los conocimientos evaluables y no evaluables requeridos por el universo del trabajo y de la continuidad académica. Un lugar que por un lado era un espacio de conflicto para los menores (como sigue siendo hoy), pero que por otro lado no era objeto de discusión (aunque sí tal vez de no aceptación) por parte de los adultos. La escuela, primaria, obligatoria, representa la civilización del relato. Del otro lado, otra vez, como en el principio, está la barbarie.


Los espacios de la memoria. La presencia y el halo de la escuela como lugar simbólico de aprendizaje no significa que toda la novela transcurra en este espacio. Para nada. Es más, la escuela, en casi todos los capítulos donde ésta aparece, es el punto de partida del que los personajes se están alejando. Del que se están yendo, a veces a marcha normal, a veces un poco más lento. De allí, se van al baldío, a las estaciones de trenes, al galpón de la bailanta, o simplemente a la calle. Estos son los espacios del otro aprendizaje, quizá más cuestionado, mucho menos formal, pero aprendizaje al fin. Esas calles, y todo lo que traen consigo se recuerdan, en la escritura, con el mismo sentimiento que los otros espacios, y de ese modo se diferencian con las calles del ahora. Porque en la novela esos espacios exteriores no tienen la carga de amenaza que presentan hoy, y se prefieren por sobre los juegos o actividades que puedan hacerse en los hogares.


Así, en EL NIÑO BOBO, si la escuela es el lugar de la experiencia de la investigación científica (ahí está por ejemplo el yogurt casero) y de la quietud de lo establecido; las calles, el baldío, las estaciones de trenes, son los de la experiencia de la aventura y de la adrenalina de lo novedoso. Lo llamativo es que una y otros conviven, sin mayores conflictos, en una rememoración que presenta cierto aroma bucólico: un ritmo casi de égloga suburbana que se permite teñir con rasgos positivos incluso aquellos recuerdos y esa época que resultan (al lector otra vez) terribles.


Los desvíos del trauma. Con la selección narrativa de la primera persona que recuerda y escribe sobre un momento particular de su preadolescencia (la ruptura que se da con el pasaje del peine espada al peine pañuelo), Meret logra que hasta las falencias que puedan leerse en la construcción el relato (la desinformación sobre la Dictadura argentina, o sobre el abuso sexual, por ejemplo) formen parte de la identidad del protagonista y de esos espacios de saber que lo constituyeron. Son sus palabras, su gramática y sus formas de rememorar con las que el lector se enfrenta. Y de esa forma queda justificado textualmente el no registro del trauma.


En efecto. Cada vez que hay una de esas escenas en las que el lector levanta la cabeza (porque le resultan terribles, o porque le recuerdan a otras literaturas), pareciera que surge el desvío, el no profundizar en eso y pasar a pensar en otra cosa. Una estrategia que, al comienzo tal vez molesta, pero que al final deja de resultar llamativa. Porque mientras el relato avanza y se afianza la escritura, se comprende que ese recurso es también es parte de la identidad, de la autopercepción que construye el protagonista y que se hace presente en la técnica con la que estructura su historia. Una historia que si bien se organiza lineal y cronológica, continuamente mezcla (amalgama, o compara) momentos, lugares y hechos, sin muchas más razones que las asociaciones mentales propias de una edad en la que las cosas no tienen siempre un lugar fijo. Una edad humana en la que se puede pasar del hundirse en el etéreo amor platónico al preguntarse por espectáculo del sexo en lo que va de un párrafo al otro.


El sexo del lenguaje. Y en esa mezcla de sensaciones y de saberes que el narrador respeta de su yo narrado, es que Meret va permitiendo que su protagonista descubra y se interrogue por las similitudes y diferencias entre el sexo y el amor; entre la amistad, el compañerismo, y la familia; entre la traición y el desprecio; entre el yo narrador y el resto que dialoga. Descubrimientos y preguntas que se van a hacer, repito, observando al yo narrado, pero siempre desde el yo que narra.


La escritura, adulta, es la que en definitiva construye el devenir de los aprendizajes que se van dando en EL NIÑO BOBO. Y es a partir de esa escritura, del lenguaje, que al lector se le permite ver las similitudes en la reiteración textual de ciertos elementos muy puntuales. Digo, por ejemplo: en este libro, el amor y el sexo comparten el gesto de quedar boca abajo, con la cabeza estrujada contra el piso, escondiéndose de la mirada del otro; la traición y el desprecio se van a pasar ambas con un jugo de pomelo; la amistad, el compañerismo y hasta la familia van tener que ver con el acto, heroico casi, de levantar a alguien, roto, del suelo. Del mismo modo, las diferencias se van a poder leer, tal vez en los símiles que se vayan eligiendo. También digo: Alejandro es el huevo de Alicia; el vecino es Draculín, el narrador es un extraterrestre de la Nasa. Son todas referencias que hacen un bagaje de lecturas que no se comparte con ningún otro personaje: porque mientras uno es quien escribe, otro se quedó anclado en la lectura del Tony, otro en la del Billiken, otro en la venta por kilo de los Premio Nobel. Los saberes, entonces son distintos, y el lenguaje también lo marca. Mientras que el narrador se siente cómodo con las palabras de la escuela pública que lo terminó educando solo, hay otros que se vanaglorian de saberes marginales que nunca van a entrar en esos  libros de temas. Y así, mientras uno enseña cómo cantar, el otro explica qué es culiar. Y así, aun con sus diferencias, y al igual que los saberes, los diccionarios se mezclan y se reproducen.


El final de esta reseña. La voz del protagonista de EL NIÑO BOBO, aun con sus elecciones sintácticas, resulta uniforme, y se mantiene inconmovible en su decisión de relatar. Es ella la que elige reproducir los diálogos sin marcarlos como tales, y meter en el mismo párrafo las voces de los otros (la de los hombres que almuerzan, las del narrador de las revistas porno, la de los amigos, la madre, las maestras) y hacerla formar parte de la marea de palabras. Porque esa historia es de él pero también de todo el grupo: incluso al momento de la depresión, de estar metido en lo más profundo de lo propio, esa historia también es de esos otros que, en definitiva, en ese momento de la existencia son los que, a su manera, lograron hacerlo sentir bien.


Y esto hace que la historia, que este relato tan personal en su forma de contar, termine pareciéndose y acercándose a la historia de cualquier otro, incluso, la del lector. Con este gesto de la escritura, lo que al comienzo se planteó como una revisión de la tradición literaria realista, al final, en esa imagen en la que los cuatro, juntos, salen a buscar ayuda de la madre, la novela da un vuelco y levanta la vista, hacia el lector, que indudablemente se termina reflejando, aunque más no sea de manera brumosa, en algunos de todos los hechos que acaba de leer. 

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