Yo naciendo de vos, vos muriendo de mí.

Sobre Algo que pruebe que existo.

León Pereyra

Caleta Olivia ediciones

2019

Diego E. Suárez

Tal vez, para lectoras y lectores de poesía resulte novedoso el nombre del poeta y músico León Pereyra (1985). Sin embargo, para el circuito alternativo del conurbano, no lo es. Cuenta en su haber con cinco poemarios, El nudo (2012), El oficio del presente (2013), La realidad incesante (2013), Las cosas (2013) y Plaza Italia (2014), editados en pliegos artesanales por la Editorial Subpoesía, otrora dirigida por Aldana Antoni (encargada de las artes gráficas) y el propio Pereyra (edición y corrección de textos). El año pasado Caleta Olivia le publicó Algo que pruebe que existo. Desde la contratapa, se lo presenta como el primer libro de León Pereyra.


El nudo contenía diez poemas; El oficio…, ocho –dos de largo aliento–; La realidad incesante, veintidós; Las cosas, alrededor de una docena –las fronteras son difusas–; Plaza Italia, trece, más un ensayo fotográfico de dieciséis imágenes tomadas por Benjamín Fariña; Algo que pruebe que existo, veintitrés (teniendo en cuenta algunas salvedades que aclararemos más adelante). Ante esta simple constatación numérica, desde nuestro punto de vista, considerar el presente como su primer libro es un gesto que a la vez funda e invalida la producción del autor. Para zanjar la situación y no entrar en polémicas, a continuación nos limitaremos a proponer una lectura del sexto libro de poemas de León Pereyra.


El título Algo que pruebe que existo sirve para articular dos poemarios: “Constructo” –siete poemas– y “Distancia” –dieciséis–, planteados de manera autónoma e interdependiente.


“Constructo” configura en primera persona el relato dramático de un nacimiento signado por altibajos. De un poema a otro, el enunciador de los poemas puede pasar de la convicción a la duda: “el primer orden/ fue la naturaleza// el acto vandálico del nacer”, afirma, para luego mostrarnos “incertidumbre/ mi única marca de nacimiento”. Asistimos a un desplazamiento del centro a los bordes, del junco materno y el cañaveral paterno al estirarse de las propias raíces en busca de salvación. El poema axial de esta primera parte, y que sirve además para dar unicidad al libro, dice: “atravieso la vida/ buscando espejos/ en los que reflejarme/ algo/ que pruebe que existo/ un eco en el acantilado/ una planta que se doble/ a mi paso”. Atravesar la vida se transforma en una búsqueda del origen, que tiene como primer desenlace un desdoblamiento: “recorro esta espiral en reversa/ esta escalera de palabras/ para encontrarte/ ¿sos todavía/ ese chinito/ que no paraba de llorar?/ (...)/ nuestro primer recuerdo:/ yo naciendo de vos/ vos muriendo de mí”. Este halo de otredad halla su prolongación en “Distancia”.


La primera persona persiste durante la segunda parte; el tono nos retrotrae a los mejores momentos de La realidad incesante. Se proyectan escenas de algo que podemos evocar como una relación de pareja –el espejo buscado–, que para el enunciador implica además una relación consigo mismo. En cada una de las situaciones compartidas paradójicamente predomina la carencia, ya sea de palabras (“en la ausencia/ convertí tu nombre/ en un talismán// el poema decía más cosas/ que no me acuerdo”) o de correspondencia (“mientras estábamos en el balcón/ de cara a las vías/ dos trenes pasaban/ en direcciones opuestas/ vos decías cosas/ que el ruido tapaba/ (...)/ yo decía que sí con la cabeza/ asentía/ sin escuchar / sin entender/ abstraído me iba un poco/ en cada uno de esos vagones/ que se alejaban”). Se rehúye a la mención del amor, sin embargo cada imagen nos remite a él con un dejo de amargura; reaparecen los altibajos y la misma voz que en un verso asegura “perdí inocencia pero gané empatía”, llega a esta conclusión desoladora: “islas/ somos islas despobladas”. La única salida que nos queda de esta sociabilidad en crisis es levantar el vuelo en busca del origen y decir, como al final de la primera parte: “yo naciendo de vos/ vos muriendo de mí”. 

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