otaku

Paula Brecciaroli

Paisanita editora

2019

Sonia Budassi

Otaku, de la escritora, editora y poeta Paula Brecciaroli, es de esas novelas cortas que se leen de un tirón, onda te odiás por tener que ir buscar otro vaso de agua. Narración de personaje, “Gasti”, su protagonista, es de esos caracteres memorables, bien manufacturados, que nos regalan curvas emocionales: logra exasperarnos y seducirnos a la vez.

Contada en tercera persona, la narradora no nos explica nada de él, es decir, dosifica información que hace avanzar la trama –desparramando pequeños puntos de giro que acorralan a nuestro entrañable insoportable perdedor. Y repito: no explica nada porque confía en la construcción que vemos erigirse como si fuera una fuerza natural pero es, desde ya, fruto de la pericia de la prosa.

 

Las descripciones son riquísimas. La relación de Gastón con el resto es el germen de su complejidad. Por ejemplo–él vive con su padre- y se la pasa bardeando a su hermana, en pareja y con un hijo cuando va de visita; sus intercambios son tan verosímiles como desopilantes.

 

Los vínculos con el resto se refleja como en rebote sobre diversos aspectos de la vida donde retumba su soledad y sus peculiar modo de habitar el mundo; desde el trato con su gato, su manera de fumar en la habitación, a detalles de sus hábitos como que se limpia –lo vemos hacerlo un par de veces, sin subrayados- las manos con la toalla del baño. El calor porteño se cuenta tan bien que nos asfixia, al igual que ese departamento desatendido de machos siempre hambrientos al llegar. El amor imposible del protagonista, en pocos trazos, también se roba la novela, junto al mejor amigo Gastón, un fan de la robótica.

Otras joyas son las escenas que muestran la relación -siempre serán cordiales, mañosas y problemáticas- entre clientes y plomeros, oficio de su padre, a quien, cada tanto, Gastón ayuda. Y acá trae el recuerdo de la hermosa La conspiración de los porteros de Ricardo Colautti.

 

Brecciaroli es una maestra de los diálogos como reveladores de relaciones y de personajes, de la acción y la construcción de climas, ¿qué más? No sobra ni una palabra y, detrás de la reconstrucción de una atmósfera de época que el protagonista, “uno de los primeros otakus”, añora –es como un Peter Pan sin épica, torpe, vago, asqueroso y tierno-, el texto expresa una pregunta más profunda. Una cuestión que trasciende el planteo habitual acerca de tribus urbanas y cultores de bandas, estilos, y diversas artes que quien, distraído, observara de afuera podría interpretar, erróneamente, como banal.

Porque en esa rivalidad entre “los pendejos que no entienden nada” y los “fundadores”, entre quién sabe más de Salior Moon o conoce más mangas difíciles de conseguir; quién es más o mejor que el otro, se esconde un interrogante incómodo, sobre la identidad, el paso del tiempo y el cambio de época. Ahí está el otro punto que preocupa de manera tácita a este hombre que fue organizador de un exitoso festival de animé en 1997. ¿Se puede salir del estatismo que provoca la nostalgia? El paso de lo analógico a lo digital y la exigencia contemporánea y eterna de cómo adaptarnos a los cambios es otro gran tema.

Advertencia final: consíganla, encima es de una bella editorial independiente, Paisanita editora. Así que si la compran siembran una flor en el jardín de la bibliodiversidad. Y ojo guionistas, ¡es una buena historia para guión!

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