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LA TEXTURA DEL DESEO

Acerca de
Nuestra sombra volcada en el río
Washington Atencio
Aguaviva
2020

Lila Biscia

Un cuerpo. Otro cuerpo. Un espacio dentro del paisaje. Un accidente o el amor. Lo que quema.

Lo que quema.

Nuestra sombra volcada en el río”, segundo libro de Washington Atencio, construye las escenas de cada poema como si estuviera acompasando una respiración dentro del agua.
Abajo, sumergidos, el erotismo puede ser un punto estático atravesado por los fenómenos de la naturaleza del cuerpo; de la naturaleza en el cuerpo, siendo cuerpo: el aire quebrado por una lengua, la boca llenándose de espuma, un rayo erizado sobre la espalda.
Y en la superficie, flotando, el deseo late incrustado en la atmósfera: la humedad, el fuego, semillas que se hacen ramas y también una casa, la aproximación hacia lo doméstico, la ilusión de ser dos cuerpos alojándose.

Dice Anne Dufourmantelle, en su libro “En caso de amor”, que “un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo mismo”. El libro de Washington Atencio nos pasea por esa textura del lenguaje y por la fragilidad a la que nos acercan los instantes amorosos: todo encuentro es un momento suspendido en algún lugar; todo encuentro es una pérdida hasta reiniciar o hasta arder.

Selección de poemas:

Líquidos
I
Una rama seca en la arena
hamacada por las olas.

Que llenes mi boca de espuma
y que acabes de una vez
con el mar
que no me deja respirar.

II
Somos película de agua
tratando de contener
más aire,
burbujas que se pierden
antes de estallar.

III
Un temblor de hoja
teme
al agua que desnuda.

La lluvia amortigua
los latidos.

 

Anidar
Tu respiración empieza
en la punta de mis dedos.

Inicio un viaje por tus vértebras,
ruta ondulada bajo mis yemas.

El sol se siembra en tu espalda,
campo a la tardecita
donde quiero germinar.

Deseo ser esqueleto, sostenerte
en pie frente al derrumbe
pero soy piel
carne
tendón apenas.

Tu cabeza se inclina hacia atrás
como buscando.
Cabe en el hueco de mi mano.

 

Lava

Mis dedos sepultan el deseo
en tierra que arde
colorada.

Sentado entre piedras
a medio quemar, desciendo
lento
con el suelo
que se hunde.

 

Hogar
Me gusta
tu casa con sol
la pared incendiada al mediodía
el espejo que mira al cuadro
donde dejé una nota
que dice
sos mi hoguera.

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DERECHOS DEL YO

Cristián Gómez Olivares
HD Ediciones
2019

Valeria Mussio

Hay algo que se desborda de forma constante en el libro que Cristián Gómez Olivares publicó hace un año por HD Ediciones, una fuerza irrefrenable que va quebrando de forma escalonada: palabras que rompen versos, versos que rompen estrofas, estrofas que rompen poemas y poemas que pretenden romper la literatura. Un recorrido de veinte años de escritura no es algo que se contenga de forma sencilla en doscientas páginas: la energía en ebullición de alguien que transita la ruta con un deseo intenso de devorar el paisaje, la necesidad de autoafirmarse en el mundo, un hambre voraz por encontrar el origen y a la vez, por destruir todo lo que condiciona desde ese mismo punto. Estas y otras cosas encontré leyendo el libro de Cristián, y, contagiada de ese impulso intenso que recorre el libro, quisiera compartir algo de su lectura.

El “yo” poético/real de este libro habita márgenes que se combaten y re-centralizan a lo largo del trayecto. Este sujeto tensionado entre dos países, dos historias, dos lenguajes para escribir la poesía en español, busca refugio en un espacio dentro del que también se bate a duelo con la tradición. Este lugar es la literatura: “Vivo en un poema de Robert Frost/del que nadie ha salido todavía”. La poesía es para Cristián una casa y una arena de combate, es el tema recurrente que aparece una y otra vez en el camino, aquello que lo enoja y lo conmueve. La poesía invade el mundo: cada cosa observable es poema, cada sensación, hecho, mujer, hombre, niñe que se cruza.

Siento que es muy probable que, para Cristián, a lo largo de estos veinte años de escritura, los límites entre la realidad observable y la literatura se hayan difuminado constantemente, como un poema dado en ese primer verso que se susurra en una chica que se cepilla el pelo o en un dedal en las manos de su madre. A partir de ahí es solo trabajar, con el mismo cuidado que un artesano, la palabra que se elige, el lenguaje. Esa fue para mí una de las sorpresas más agradables de leer Derechos del yo: había caos, pero era un caos planeado, pulido, ordenado. Me invadía constantemente la sensación de que cada poema era ligeramente desmesurado, con versos que se extendían achicando cada vez más los márgenes de la página, márgenes similares a los que, probablemente, habita Cristián, como chileno en Estados Unidos, como poeta intentando sobrevivir en la academia, como hablante de español escribiendo poemas en inglés. Versos largos que no dejan lugar al color blanco de la página, pero no por eso librados al azar, no por salvajes menos certeros. Cada sonido está prolijamente cuidado, algo inevitablemente rítmico y musical te hace continuar la lectura como en un espiral estimulado por los cortes.

Los cortes son quizá su especialidad, algo a lo que le presta suma atención y que lleva a cabo de la mejor manera. No por nada menciona que “el encabalgamiento es una máscara ideológica” en la nota que escribe al final. En esa misma nota, Cristián afirma: “Toda y cada una de las líneas que uno escribe tienen un significado político, pero ese significado está ajeno a cualquier Vaticano”. Pienso que toda buena poesía debe tener detrás un proyecto político que se proponga cambiar una porción de la realidad, y no, no me refiero con eso a que tenemos que escribir manifiestos poéticos con palabras gastadas de discursos muertos en el siglo XX. Me refiero a que tenemos que desechar esa idea vieja de que interpretar el mundo sea tarea de la novela y que la poesía es un mero ejercicio estético. La estética es increíblemente política. Asumir que la poesía puede ser política implica situarla y comprometerla en el mundo, con una historia, con un trabajo minucioso por detrás, del lenguaje, del medio, de los recursos que se pueden utilizar y de su forma. Y siento que Cristián, en esta revisión de su historia y la de su país, de su trabajo como escritor y como profesor, con esta energía de derrumbe de lo establecido, peleando con la academia o con la imposibilidad de ver el paisaje, transformando todo lo que ve en poesía con versos que se lanzan vertiginosos hacia el final de la página está haciendo justamente eso.

Recomiendo leer Derechos del yo, de eso no hay duda. Pocos libros hoy en día se atreven a afirmarse políticos, y son todavía menos lo que se afirman políticos y logran hacer algo realmente bueno con eso. El trayecto de vida de Cristían, documentado en poemas que recogen pequeñas cosas del entorno y en batallas individuales libradas dentro de cada texto, es una vuelta al origen para rescatar al sujeto que no se quiere desvanecer, que reafirma su propia existencia, que grita yo estoy acá, esta es la historia de mi país, y esta de acá es la mía, son una, son la misma y a la vez es otra, mi camino me pide que me vaya. Leerlo es embarcarse en ese viaje junto a él, para detenerse en los momentos más humanos que resuenan hacia dentro, es disfrutar de algo y a la vez ganar el coraje para hacer de cada poema propio una afirmación de nuestra existencia.

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Ciervas.png

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dormir en manada

Acerca de Ciervas
Andrea Testarmata
Baldíos en la lengua
2020

Fernanda Maciorowski

Leer “Ciervas” es sentirnos parte de una manada; cómplices, jamás cazadoras. Lo que el ojo humano/animal/poético observa es un cosmos completo; podemos percibir hasta la mansedumbre de un otro no ama. La cierva es rebelde, conoce sus propios dolores y su propio placer por eso es poderosa ¿Qué tipo de hembra puede parir/ sobre los yuyos sin asistencia?
Aquí las armas que empuñan los hombres son la amenaza, no la palabra, no los demás predadores sino la fuerza bruta del plomo que extingue la vida. Aunque podamos ser violentadas, comidas o envasadas, es una carne insurgente. Lo sabemos. Lo saben. Pertenecer a la familia de las ciervas es saber la importancia de la manada: El matriarcado animal /siempre se organiza.
Un instinto es dormir abrazadas: luego de abandonar al hombre cazador se vuelve al pelaje conocido, al aliento de hembra. Los ojos de la cierva y los ojos del cazador se han mezclado en alguna parte pero son esencialmente diferentes. Lo sabemos. Lo saben. Tener y no tener cornamenta hace la diferencia entre hembra y macho.
Según este libro de poemas cuero y pelaje constituyen la frontera de autoprotección; una capa de poderes, instintos y materialidad concreta. El color rojo, el blanco y los líquidos son elementos simbólicos en la maravilla de esta poética. Una invitación a volver al origen, a nuestra fuerza instintiva, al grito silencioso que hace temblar la sangre y el agua de todos los ríos del mundo.

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Las estatuas olvidadas tapa definitiva para imprenta 3.jpg

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Paseo de estatuas

Acerca de Las estatuas olvidadas no aparecen en los manuales de historia
Diego Rosake
Caleta Olivia ediciones
2020

Joaquín Vazquez

A diferencia de la mayoría de mis amigos, yo no les temía a los payasos. A mí me daban miedo las estatuas vivientes. No sé de dónde venía ese miedo. Quizás, pienso ahora, de saberlas vivas, o de su mano siempre abierta, demandando mi atención y la moneda de mis padres. Una estatua viva es una amenaza y una incógnita perturbadora. ¿Cómo se convierte unx en estatua? ¿Se decide? Eso me intrigaba, quería saber cuál era la razón por la que una persona dejaba de ser persona y se convertía, bajo una capa de pintura, en estatua. En esa época yo decía estauta. Tanto me negaba a quererlas que, ante una estatua de verdad, una no-humana, preguntaba si era de piedra.

El libro de Rosake me recordó aquel viejo miedo e iluminó, por vía analógica, el lugar sensible que ocupan algunos recuerdos petrificados, obras escultóricas que el tiempo o el mundo o la vida –vaya a saberse qué- talla en nosotros.

Las estatuas olvidadas no aparecen en los manuales de historia es un libro en el que hay una clara operación por la que el tiempo se muestra desfasado. Por un lado, como dice Ariel Bermani en la contratapa, “Se trata de un libro atravesado por la tecnología, la ironía, los objetos.”; pero por otro, solapadamente, en el doblez del sentido que la referencia al presente tapa, aparecen la memoria y la historia personal de un yo lírico que dice “en este diario que escribo/tampoco se sufre demás, sino solo lo que la estética exige”. Esa cita vale como un acto enunciativo: es la estética la que evoca e impone las condiciones de la economía del sufrimiento, no se sufre demás. Quizás por eso, los objetos, en este poemario, están al servicio de la construcción del sentido, son un medio para eso y evitan, a su vez, el regodeo millenial y tristón de las pasiones tristes en la época de las redes.

Ahora bien, ¿cómo hace eso Rosake? Concentra en las imágenes un voltaje explosivo. “Los sesos de mi viejo/ a la manera de jackson pollock/ sobre los azulejos del baño/ se transformaron en sanguijuelas/ que treinta años más tarde/ volvieron por lo suyo”. Ya dijimos que el libro se presenta como un diario. En este poema, que registra la fecha de su escritura en el título, mayo XIV, el par seso-sanguijuela, hace un zombie del recuerdo paterno. Es un poema impactante, propio de alguien que no está dispuesto a hacer concesiones para atenuar el horror que también trae la poesía. El yo lírico nos hace ver, en un mismo poema, sesos, un suicidio, un cuadro de pollock, sanguijuelas, zombies y, lo peor de todo, el regreso renovado y aterrador de aquello que pasó hace treinta años.

En agosto XXI: “Con las cajas vacías/ de mis antidepresivos/ mi hija construye una nave/ para su muñeca/ el verdadero refugio/ es la inocencia”. En este caso, el que era hijo, en el poema que citamos antes, ahora es padre. Se invierten los lugares desde donde se mira, pero también la carga ominosa. Lo que en mayo XIV  era aterrador, está teñido, acá, de un matiz esperanzador.

Los vínculos familiares tienen protagonismo en todo el libro, pero lo que desata la tromba es la implosión de la pareja. En el poema que abre el libro está la punta del ovillo del que el autor tira: “…todos aman los recuerdos/ porque los recuerdos son recortes del pasado/ a la medida de la mezquindad de los sentimientos”.

En este libro, Rosake construye un yo lírico que hace de los recuerdos un paseo de estatuas. Sus poemas, ordenados en una secuencia temporal, dan cuenta del paso del tiempo subjetivo, pero la forma diario se tensa con la referencia al manual nombrada en el título, con el que se sugiere una intencionalidad práctica, a la mano, de lo escrito. Un diario como manual de sí, un poemario  como un modo de hacer algo con las estatuas que nos atemorizan.